Fuera de ficción

Detrás de Boke Noir

01 · El proyecto

Un universo contado desde dentro

Boke Noir reúne novelas, personajes, expedientes y canales conectados alrededor de una Costa del Sol que esconde más de lo que enseña. El sitio web cuenta esa historia como si el archivo existiera.

02 · El género y el manifiesto

Novela negra malaguita

Aquí no llueve. Aquí se suda.

Crimen bajo el sol, humor cuando no toca, tecnología, supervivientes y personajes que saben que toda historia depende de quién redacta el informe.

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03 · Las novelas

El proceso editorial

El universo nace de las novelas de Uriel Montero Seijas: Las Reglas de la Noche, La Sota de Corazones y La Pequeña Fenicia, actualmente en preparación.

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04 · El autor

Uriel Montero Seijas

Conoce al autor y el proceso creativo detrás de las historias de Boke Noir.

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EXP-1962 Dossier RESERVADO Abierto

Origen del Capital

El Pacto de 1962

Málaga, diciembre de 1962. Reunión secreta en los bajos del Gobierno Civil. Se cimentan las bases del control territorial bajo el señor Salazar.

El humo de los cigarrillos se acumulaba bajo el techo de una habitación sin ventanas en los bajos del Gobierno Civil. La mesa de caoba desentonaba con el resto del cuarto, como si la hubieran bajado de un despacho de la planta alta. La tenue luz de la lámpara colgada del techo iluminaba lo necesario para distinguir los rostros de los hombres que se encontraban reunidos.

Una docena de hombres hablando en francés y, entre algunos hombres, en árabe. El grupo mayoritario mostró una inclinación a elevar la voz más de lo aconsejable. Reían, fumaban y hablaban a voces, sin mostrar el más mínimo respeto por el edificio en el que se encontraban.

Unos minutos después, el silencio se adueñó de la habitación. Un teniente coronel de infantería cruzó el umbral flanqueado por dos soldados, que se apostaron a cada lado de la entrada. El oficial no saludó. Las medallas, la cicatriz, el guante negro en la mano izquierda y el bastón componían el retrato de una guerra que había terminado sin salir del todo de él. La guerra había terminado y su bando había vencido, pero en aquel hombre no quedaba rastro de victoria.

—Estas son las condiciones —planteó el teniente coronel—. Primera: los beneficios de cualquier actividad se reinvertirán íntegramente en la Costa del Sol. Segunda: se renuncia a la violencia en todas sus formas. —Levantó la vista y recorrió uno por uno los rostros que tenía delante— Sin excepciones.

Los argelinos de piel curtida guardaron silencio al fondo; los franceses de la OAS siguieron fumando junto a la pared; el único español de paisano permanecía apartado del resto, analizando la situación sin participar en la conversación. El teniente coronel se detuvo en el hombre sentado al otro extremo de la mesa.

Era el único que no fumaba. Llevaba un traje gris de corte italiano, una corbata de seda oscura y unos gemelos de oro que destellaban cada vez que movía las manos. Mientras el oficial leía las condiciones, el hombre del traje gris no movió un músculo. Escuchaba con la cabeza ligeramente inclinada y las manos cruzadas sobre el vientre, estudiando a los demás.

—Cumplan estas condiciones y nadie les molestará —concluyó el oficial. Cerró la carpeta de golpe—. Desde hoy, el señor Salazar responderá de ustedes. Y ustedes responderán ante él.

No esperó respuesta. Recogió la carpeta, hizo una señal a los soldados y caminó hacia la puerta con la rigidez de un hombre que contiene algo que no quiere mostrar. Un silencio denso acompañó su salida.

En el pasillo, ya fuera de la vista de los presentes, el teniente coronel se detuvo. Se apoyó brevemente contra la pared y cerró los ojos.

— Ofrecer un pacto a esa gente… El Caudillo ha perdido la cabeza.

Reanudó la marcha apoyándose en el bastón, sin añadir una palabra más.

Dentro del salón, nadie habló durante varios segundos. Los argelinos se miraban entre sí. Los franceses buscaban en los ojos de Salazar una confirmación de que lo que acababan de escuchar iba en serio.

Entonces, Salazar sacó un cigarro del bolsillo interior de la chaqueta. Lo encendió con un mechero de plata, sin prisa, protegiendo la llama con la mano. Se tomó su tiempo. Dio la primera calada, dejó que el humo le cubriera la cara y lo exhaló con lentitud calculada. Miró a los presentes uno por uno, igual que había hecho el oficial segundos antes, pero donde el militar había puesto distancia, este hombre ponía cercanía. No los miraba como a subordinados. Los miraba como a socios. Como a invitados.

—Bien, señores —dijo, con una sonrisa que no llegó a los ojos—. Si esto sale bien, todos ganaremos dinero. Bienvenidos a España; Bienvenidos a 1963.